Su cuerpo frío, no más que su mirada, deseoso del calor de una sonrisa cálida.
Sus manos hoscas, desgastadas a la fuerza, buscan un abrazo de abstraída caridad.
Su piel agrietada cuenta tantos desdenes.
Su boca seca y herida ya no puede gritar.
Ahogado en pisoteos de tacón y borceguí, marcaron su carne a falta de amor,
el dolor de cada afrenta suplantaron desayunos, y a falta de frazadas se arropaba en sueños rotos.
En su cabello enmarañado, de ausente pulcritud, muere toda añoranza de caricias refutadas.
Su sangre se va apagando lentamente con el tiempo, a medida que su rostro adquiere un aire calabérico.
Su calzado roto no lo eleva de la acera.
Su cuerpo enfermo y olvidado ya le cuesta respirar.
En su retina son escasos los momentos de alegría: el aprecio recibido sólo de sus tristes pares.
Los recuerdos de una chica, con quién tuvo un frágil crío, que fueron arrebatados por una gélida noche.
Hubo una muchacha que acudía algunas tardes, llevando comida y júbilo a esos ignorados suburbios ,
y al igual que todo el mundo los dejó en abandono, y en cataratas las imágenes terminaron sepultadas.
Ya sus huesos se quebrajan, y nadie se voltea a asistirlo,
más le duele todo aquello que se le fue privado,
una sonrisa cálida, un abrazo o caridad,
respeto, un desayuno y, porqué no, una caricia,
que le dejasen soñar, sonreír y a ellos amar.