No hay nada más mágico
que verte despertar
con la primera sonrisa, tan pura
provocada por un sentimiento real.
Tomar tu mano y sólo caminar,
sin decir palabra alguna y sólo sentir,
la lluvia mojando tu piel,
ambos disfrutando de aquel frío de verano.
Ese frío que revitaliza tu cuerpo,
que lo humedece, que lo hidrata,
que combina a la perfección
con el brillo de tus ojos.
Aquel que tranquiliza tu respiración,
tu alma y tu corazón,
sin preocuparse de nada más
que ver la riqueza de aquel abrazo.
Frío sutil, tierno y agradable
que une dos cuerpos, y regala sonrisas,
que escapa de toda prisa,
congelando el momento.
Ese sentimiento, simplemente invaluable
indomable, incalmable,
de recursos insaciables,
como la riqueza de aquel frío de verano.
